Entrevista con Daniel M. Olivera,
autor de El pueblo negro y otros relatos de lo grotesco
(Ediciones Digitales Punto de Partida, 2019)
 



El autor es estudiante de la maestría en Filosofía de la Ciencia. El pueblo negro y otros relatos de lo grotesco, su primer libro de cuentos, se aventura en el terreno del horror heredado de autores como Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft.





Cuéntanos cómo fue el proceso creativo de El pueblo negro y otros relatos de lo grotesco

La idea de realizar un libro de este estilo surge durante mi asistencia al «Coloquio de Filosofía del Cuerpo: la expresión de la fealdad y lo grotesco» que se realizó en la Sala Carlos Chavez de Ciudad Universitaria. En este coloquio se hicieron reflexiones «de y desde» el cuerpo acerca de la fealdad, lo grotesco y la modificación corporal con diversos puntos de vista desde las artes y desde las ciencias. Las ideas vertidas en el prólogo del libro sobre lo grotesco como aquello que viene «del interior de la gruta» y su «oposición con lo pulido» provienen de las conversaciones que tuve con mi amiga Viridiana de Santiago con respecto a ese tema durante el coloquio.

En esa ocasión, al público se le ofreció un muestrario de las diversas manifestaciones de lo grotesco en las artes: la danza butoh, las pinturas de H. R. Giger o de Mark Ryden, etcétera. Sin embargo, en el área de literatura había cierta renuencia a considerar que pudiera haber grotesco tal cual: su carácter subversivo, oscuro y terrible parecía algo muy alejado de las «bellas letras». De antemano yo conocía el trabajo de algunos maestros en el terreno como Clive Barker, Arthur Machen o Chuck Palahniuk pero, hasta la fecha y a pesar de su calidad, son escritores marginales de los cuales se habla solo en círculos contraculturales.

Con todo esto en mente, me dí a la tarea de compilar una antología de cuentos donde lo grotesco fuera el hilo conductor. Algunos de ellos los había tenido en mi archivo personal por años y esta fue la oportunidad para que vieran la luz. Otros fueron escritos exclusivamente para esta antología. Otros más —debido a que la convocatoria permitía un pequeño porcentaje de texto previamente publicado— ha habían sido exhibidos previamente.

Los que fueron creados exclusivamente para esta edición está «La mujer violeta»  y «Agnoth-kadaal» los cuales están interconectados ya que los hechos ocurren en la misma ciudad maldita. El primero surgió a partir de mi lectura de El libro del placer de Austin Osman Spare quien, se sabe, utilizaba sus conocimientos ocultistas sobre los «sigilos» para incorporarlos en su obra pictórica. Para Osman Spare, cada pintura que él creaba era, a su vez, una especie de «talismán mágico». El segundo buscaba crear literariamente las imágenes de los cuerpos deformados de Junji Ito en un ambiente que recordara al ciclo onírico de H. P. Lovecraft.

De los cuentos que se encontraban en el fondo de mi archivo personal está «Un amor de invierno». Dicho cuento lo escribí durante el primer año de la carrera para una clase de redacción. Este es un cuento de fantasía épica muy influenciado por «Terramar» de Ursula K. Le Guin. Lo que buscaba era combinar la narrativa de LeGuin con el de otra escritora que aprecio mucho: Angela Carter. El resultado fue un cuento delicado, nostálgico pero con nigromancia de por medio.

De los cuentos que ya habían aparecido anteriormente en otros medios está «Baltazar»; un relato de realismo sucio sobre la tensión entre el placer y la vergüenza en la estimulación anal. Este cuento fue representado como monólogo teatral por la compañía de teatro «Los endebles» con dirección de Ginéz Cruz y la actuación de Hiram Molina.

También se encuentra entre estos el texto que le da título al libro «El pueblo negro». Este cuento está realizado en forma de un ensayo ficticio sobre una secta de cultistas a dioses olvidados que asoló los pueblos cercanos a Real del Monte. Este cuento tiene mucha influencia del relato de Robert E. Howard «La piedra negra» el cual se considera uno de los relatos dentro de los Mitos de Cthulhu. Este cuento apareció pro primera vez en la revista digital Penumbria; es como haber publicado en el Weird Tales o en el Astounding de nuestra era.

Como se puede ver, la creación de El pueblo negro y otros relatos de lo grotesco no fue lineal ni uniforme. Lo que quería ofrecer era un libro divertido y emocionante para los conocedores del género fantástico y de terror pero sin perder calidad artística o inteligencia. Quería conservar esa misma sensación de emoción, peligro y secreto que sucede cuando uno lee esas grandes antologías de terror editadas por Minotauro o por Valdemar.

¿Quiénes han sido las personas más determinantes en la confección (por llamarla de algún modo) de tu vocación literaria?

Las personas que han sido determinantes en mi vocación literaria las puedo dividir en dos grupos: «las que no conozco en persona» que se les llega a llamar «influencias» y aquellas personas que sí conozco en vivo y con las cuales he hablado de literatura.

Entre mis influencias tengo que reconocer a la figura de Robert E. Howard en cuanto a estilo y temas; como he mencionado, mi relato «El pueblo negro» es un homenaje a su obra. Lo considero uno de los escritores más infravalorados ya que, cuando pensamos en «Conan de Cimmeria», automáticamente pensamos en las espantosas películas de «Conan el bárbaro» de Arnold Schwarzenegger. Sin embargo,  Robert E. Howard tiene una prosa extremadamente cuidada, una musicalidad insuperable y unos temas que contienen una carga filosófica y sociológica muy profunda. Si de alguien he aprendido una forma de escribir, ha sido de Howard.

Otras dos influencias en mi vida han sido Angela Carter y Joyce Carol Oates. Las pongo juntas ya que las descubrí prácticamente al mismo tiempo y, durante muchos años, comparaba el trabajo de una contra la otra con el fin de encontrar diferencias estilísticas. Ambas las considero mis maestras de creación literaria ya que, tan solo con su lectura, he entendido mucho acerca de cómo se realiza un cuento.

Otro al que le debo mucho es a Edward Gorey —mi cuento «L’heure sombre» es un homenaje a él—. Gorey es una influencia muy importante, pero muy poco conocida para nuestros días: sin él, no tendríamos personajes como Tim Burton o Neil Gaiman. De él me llevo la forma en la que construye el terror, el misterio y el suspenso y cómo es que juega con el lenguaje para construir estos elementos.

Además de ellos, existiría una gran lista que incluiría a Inés Arredondo, Amparo Dávila, Francisco Tario, Neil Gaiman, Shirley Jackson, Richard Matheson, Algernon Blackwood y un largo etcétera.
Entre las personas que sí conozco y han sido determinantes para mi vocación literaria están Sergio Hernández Roura, mi amigo y doctor en literatura. Yo lo considero la persona más sabia y más experta en temas de literatura de terror que existe en México. La UNAM varias veces lo ha invitado a hablar de la recepción de los lectores mexicanos de autores como Allan Poe o H. P. Lovecraft. Si de alguien aprendí los pasajes escondidos y las características del «buen terror» ha sido de él.

También están Julio Santamaría y Analí Bravo quienes editaron durante muchos años la revista Álamo Nocturno en la ciudad de Xalapa, la cual estaba dedicada a la literatura gótica hecha por jóvenes. Lo que aprendí de ellos fue a tomarme el gótico y el terror desde una perspectiva seria y artesanal sin caer en «lo darketo» o en «lo postpunk». Analí y Julio fueron, durante mucho tiempo, los principales impulsores de la literatura gótica y de terror en nuestro país sin el reconocimiento adecuado.

Todas las personas que tienen una dedicatoria en mi libro han sido importantes para mi vocación literaria ya que, al platicar y discutir con ellos, al intercambiar ideas y al hablar de literatura me han hecho entender el oficio de escritor. Por eso, tengo una gran deuda con todos aquellos nombres que aparecen en las dedicatorias de mis cuentos.

¿Cómo se originó tu pasión por la escritura de terror?

Debo de confesar que el terror no me parecía interesante ni me gustaba al inicio. Lo comencé a conocer bien por medio de sus «hermanitos»: la fantasía épica y la ciencia ficción.

Desde siempre he sido lector de fantasía épica —del estilo de El Señor de los anillos, Terramar, Cronicas de Belgarath, Elric de Melniboné — y de ciencia ficción —como Hiperión, la Trilogía del Sprawl, Ubik—. El terror yo lo veía desde una perspectiva cinematográfica: debía dar miedo por medio del «susto repentino». Estaba muy equivocado al respecto.

Afortunadamente, durante la licenciatura llegaron a mí un par de antologías de cuento de terror llamadas Leyendas negras —editada por Robert Silverberg— y Los nuevos góticos —editada por Bradford Morrow y Patrick McGrath—. Ambas antologías tenían muy malas críticas pero combinaban autores que me gustaban otros autores de terror de los que nunca había escuchado.

Con «Los nuevos góticos» se me abrió un mundo nuevo. Los cuentos «Newton» de Jeannette Winterson, «Sangre» de Janice Galloway y «¿Por qué no vienes a vivir conmigo? Ya es hora» de Joyce Carol Oates me parecían insuperables, de lo mejor que había leído en años. El terror que mostraban no tenía que ver nada con mi idea de «susto repentino» sino con transgresión, atmósfera literaria, imágenes, incomodidad para el lector, cierto tipo de lenguaje. Quería hacer cosas así, pero no sabía como.

Desde allí comencé a leer más terror sin producirlo. Buscaba cualquier cosa del género sin ningún orden específico o estilo. Desde Los misterios de Udolfo hasta Gormenghast, desde Vathek hasta Los libros de sangre. Sin embargo, lo que me decidió a que podía crear algo así fueron otros dos libros: La nueva carne. Una estética perversa del cuerpo —editado por Antonio José Navarro— y Zoo —del autor japonés Otsuichi—. Estos dos libros abrían mi panorama acerca de lo que se podía hacer con el terror: cosas que yo nunca pensé que se podrían plantear con este género. Para ese punto yo tenía que «decir cosas» en el lenguaje de la literatura de terror. No podía más que escribir. Y eso hice, en forma de relatos.

El terror me parece interesante porque muestra lo que no queremos ver. Nos indica lo vacíos, violentos y desencantados que estamos. Nos hace reconocer a los monstruos con los que convivimos —en este país de desaparecidos y muertes sin sentido— y nos anima a resistir a la maldad con la que nos enfrentamos día con día. El terror nos hace lidiar con la paranoia, la barbarie y los tabúes de las narrativas en las que estamos inmersos. Nos invita a reconocer el placer en el dolor y el dolor en el placer, aunque también nos muestra cómo nos hemos convertido en «cosa de consumo», en simples cuerpos que pueden ser violentados hasta extremos insospechados.

¿Qué es el cuento para ti? ¿Escribes otros géneros literarios? ¿por qué es necesario seguir escribiendo cuento en una época marcada por el dominio de la novela?

Podemos entrar en varias definiciones acerca de qué es el cuento, por medio de su estructura o características —«contiene un solo conflicto», «pocos personajes», «final de knock out»—. Sin embargo, estas clasificaciones son a posteriori, de análisis, en donde intentamos que todos los cuentos quepan en ella. Tenemos ese problema en literatura: el buscar categorías en las que entren todos los textos a los que nos referimos. Otro problema es pedagógico: queremos enseñarle a alguien creación literaria por medio de herramientas de análisis y no de creación.

La pregunta que siempre tiene el cuentista en la mente es ¿qué es el cuento? y la única forma de responderla es por medio de la creación de cuentos. Cada cuento es la respuesta a dicha pregunta y, en este proceso, se intenta expandir las fronteras del género.

El cuento, para mí, es una forma de expresión ideal ya que es autocontenida. Todos los elementos, todas las piezas ya están allí: ninguna sobra y ninguna falta. Esto me ayuda porque mi concentración es muy pobre; el cuento me permite trabajar en un proyecto a la vez. Además, soy un lector urbano: leo en el metro, en el camión, en el parque. El cuento  permite un lectura rápida que se puede realizar durante un solo viaje del metro de lado a lado de esta monstruosa ciudad.

Lo cierto es que la novela es la reina indiscutible de la literatura actual. Mucho de esto, creo yo, es por la influencia y relación que tiene la literatura con el cine en nuestro siglo. Leer una novela es como leer una película «no filmada»; incluso se considera popularmente que el destino de la novela es la adaptación cinematográfica.

El escribir cuentos —a pesar de que eso me aleja de la tendencia de la industria editorial— me parece importante porque requiere un ejercicio imaginativo interesante: el cuento requiere de llenar de signifcado aquello «que no está dicho». Ese ejercicio de imaginar aquello que no está presente nos permite preguntarnos acerca de las narrativas en las que estamos inmersas diariamente. El buen lector de cuento es un buen analista del discurso, lo cual puede ser profundamente peligroso para ciertas jerarquías y ciertos círculos de poder.

Por mi parte, el cuento no es el único género que cultivo. Lo hago y me gusta especialmente porque hay una larga tradición de cuento en la literatura de terror, ciencia ficción y fantasía. Estoy orgulloso porque he logrado uno de mis propósitos: «ser un escritor de terror de los años veinte». Aún así, he escrito otros géneros que me parecen peligrosos, como la dramaturgia o el ensayo.

Actualmente me dedico más a las prácticas de escritura digital: es decir, textos cuya naturaleza no puede tener como soporte el papel. Son géneros raros, de vanguardia y que no tienen una definición concreta todavía: los bots literarios, los chatbots literarios, la narrativa hipertextual, la literatura generativa o «por procedimientos», etc.

Estos géneros nuevos combinan la literatura con la ingeniería o las matemáticas de la misma manera en que el taller OuLiPo creaba sus restricciones textuales. En estos géneros, el escritor lo que establece son una serie de reglas o restricciones, con una formalización matemática específica, para después implementarlas en algún lenguaje de programación. Las gramáticas libres de contexto, las máquinas de Turing, los axiomas de Peano, la lógica matemática se utilizan para crear una poética y textos que tienden al infinito. Para una muestra, en Twitter, pueden revisar mi bot de poesía @largo_aliento, un bot de creación literaria en @plots_esp y un bot de fantasía épica en @kadveth.

¿Cuál ha sido tu experiencia al publicar un libro digital?

Ha sido una experiencia maravillosa.  Durante mucho tiempo he estado interesado en el copyleft, la cultura libre y la ciencia abierta. Cuando encontré la convocatoria de Ediciones Digitales Punto de Partida la situación me pareció insuperable: la UNAM apostaba por la literatura electrónica, disponible y gratis, para todo aquél que tenga acceso a internet. Además, la apuesta era por escritores jóvenes, en ediciones de la misma calidad que los textos impresos.

Tenemos la idea de que «el libro es para todos». Considero que los grandes nombres de la industria editorial y las librerías «tipo supermercado» se han aprovechado de esta idea para hacer del libro un producto de lujo e inaccesible para muchos. Algunos podrán recordar otros tiempos cuando, con cien pesos —cuando había libreros independientes en la ciudad—, uno salía de la librería bastante contento y con una edición bien cuidada. Ahora, un buen libro no cuesta menos de trescientos pesos. Los fans de terror sabrán que conseguir algo de Valdemar o de Minotauro ya no es algo que se pueda comprar cada semana. Por ello, en este mundo donde todo tiene costo, hay un fetichismo por la compra de objetos culturales y todo tiene patente, es maravilloso que haya poesía y letras gratis para todos.

Pocas veces pensamos que los lectores están en todos lados, que son de distintos estratos sociodemográficos. Tampoco pensamos que no es tan fácil que tengan una librería cerca; incluso en la Ciudad de México donde los habitantes de la periferia de la ciudad o de las zonas colindantes del Estado de México tienen que desplazarse hasta el centro o el sur para conseguir algo que leer. Lo mismo pasa con ciudades que tienen un nivel cultural alto como Xalapa o Guadalajara. Y ni hablar de países latinoamericanos pequeños como Belice o El Salvador.

Las ediciones digitales permiten que los textos lleguen a estas personas sin que deban desplazarse y sin que tengan que pagar por leer. Es una forma de democratizar la cultura. Evidentemente, esto implica algunos detalles técnicos como tener una pantalla y acceso a internet. Como bien se sabe, el uso de celulares —donde estas ediciones se pueden leer— está más extendido que nunca.

El editar en digital también permite que las personas que quieren leer autores jóvenes y nuevos lo hagan sin riesgo. Debido al costo de los libros, generalmente es común comprar libros de escritores de renombre o de autores extranjeros bien identificados. Es raro que alguien se dedique únicamente a consumir los textos autores jóvenes; generalmente lo hacemos por recomendación de alguien más. Las Ediciones Digitales Punto de Partida permite conocer a estas nuevas voces que «por algo» fueron seleccionadas por la UNAM.

La primera semana que salió mi libro recibí algunos mensajes por redes sociales desde Puerto Rico y Argentina acerca de mi texto. Fue agradable la rapidez con la que mi libro llegó a lugares tan lejanos y que permitió que otros lectores que no había sospechado me conocieran.

¿Consideras que formas partes de una generación con características específicas?

Si, definitivamente. En México, la aparición de escritores dedicados a la ciencia ficción, la fantasía o el terror es cíclico. Aparecen en «generaciones sin generación» pero son rápidamente marginalizados por considerarlos «poco serios» o «escapistas». Eso sucedió con las escritoras de medio siglo, Amparo Dávila, Inés Arredondo, Guadalupe Dueñas, además de Francisco Tario y Elena Garro. Ellas cometieron el pecado de escribir literatura «poco seria» y ser, en su mayoría, mujeres. Por ello, quedaron opacadas por figuras como Octavio Paz.

En los años noventa del siglo pasado hubo un boom de escritores de ciencia ficción, especialmente los dedicados al cyberpunk y subgéneros similares como el terror. Lo malo es que muchos de ellos, como resistencia, decidieron mantenerse como un movimiento underground que solo emergía en fanzines o ediciones de autor.

Actualmente, de nuevo hay una corriente de escritores jóvenes de ciencia ficción, fantasía y terror que están destacando en varios ámbitos. Existen ya nombres importantes como Edgar Omar Avilés o Andrea Chapela entre otros. Es interesante que esta nueva generación ha retomado el camino de los anteriores ciclos y, poco a poco, entra en el «mainstream» literario. Yo me auto-añado a esa nueva ola —aunque no sea el mejor exponente de ella—. Es cuestión de tiempo ver qué le depara a esta generación literaria.

¿De qué manera conviven el filósofo de la ciencia y el autor de literatura que hay en ti? ¿Consideras que la literatura puede influir tu quehacer académico y viceversa?

Existe un sueño nietzscheano del filósofo-artista: Yo no lo cumplo. No soy filósofo; soy un lingüista, ese es mi trasfondo. Como lingüista, encontré un campo fértil en el posgrado de «Filosofía de la ciencia» para poder explorar preguntas que me parecen relevantes en cuanto a la mente, el lenguaje y la ciencia. Dentro del posgrado, yo pertenezco al área de «filosofía de las ciencias cognitivas» en donde la filosofía, la antropología, la inteligencia artificial, la psicología y la lingüística se conjuntan para resolver problemas acerca de nosotros mismos y nuestra mente.

Mi proyecto terminal de la maestría —bajo la tutoría de la Dra. Kirareset Barrera— explorará la escritura en todas sus expresiones. ¿Qué es escribir?, ¿que implica escribir algo? «Escribir» se da por hecho como una traducción de la lengua oral en signos escritos: es decir «si hablamos español, entonces podemos escribir en español sin problema». Esta visión simplista ha llevado a varias generaciones que no pueden expresarse con la palabra escrita, pero se les exige que demuestren su conocimiento con textos como ensayos o tesis. Nosotros podemos «pensar por medio de la escritura»; sin embargo, en nuestra cultura, todo texto producido debe tener un fin específico y no como un diálogo con uno mismo. Pocas veces nos escribimos para leernos a nosotros mismos.

En ese sentido, mi labor literaria está íntimamente ligada a mi labor académica. Unas veces me pongo el «disfraz» de escritor y estoy interesado en el lenguaje, la tensión dramática, la forma literaria, el desarrollo de personaje; luego me pongo el disfraz de lingüista o «estudiante de filosofía» y me hago preguntas acerca de los mecanismos cognitivos de la escritura, las practicas sociales asociadas a ella, la relevancia, el discurso y cosas así.

Por otro lado, el ser escritor de ciencia ficción en el campo de la filosofía de la ciencia ha sido muy productivo. Muchas de las preguntas planteadas por los filósofos de la ciencia tienen un correlato con la literatura creada por Phillip K. Dick, Brian Aldiss, Richard Matheson entre otros. Por así decirlo, la filosofía de la ciencia es un buen «caldo de cultivo» para la literatura fantástica y de ciencia ficción.

¿Cómo escribes?, ¿tienes manías, amuletos o supersticiones?

Para escribir, intento ser muy metódico de tal manera que siempre imagino esquemas o mapas —aunque pocas veces los pongo en papel—. Todo parte de una idea inicial —generalmente visual— o un «antojo» de algo que quiero leer pero no existe. A partir de allí, intento previsualizar el texto que voy a realizar: primero me concentro en la forma que va a tener y, a partir de ella, el contenido que resultará de esa forma. Es entonces que pienso en el conflicto que quiero representar y el personaje que se sentirá atraído a resolverlo.

Durante el proceso de escritura hago varios borradores. Muchas veces escribo más de lo que será el producto final. Una metáfora que tengo es que escribir un cuento es algo similar al escultor que primero tiene que conseguir un bloque de mármol: el escultor «saca» la escultura del mármol quitando escoria. Una vez que tengo un texto «crudo» comienzo a reducirlo y a eliminar partes que no me parecen relevantes.

Finalmente, me dedico a revisar cada una de las oraciones y a modificarlas. Este es un proceso cansado, lento, de «pulido» del texto. Cuando acabo, dejo que el texto se «añeje» en mi archivo: intento olvidarlo. Tiempo después, lo retomo para poder leerlo con cierta distancia. Después de una serie de cambios, lo considero listo. Lo más difícil de esta labor artesanal ha sido el dejar de aspirar a la «perfección»: me gusta dejar las cosas un poco inacabadas.

No tengo amuletos pero si hago «cosas raras». He intentado escribir de pie como lo hacía Hemingway. También he escrito borracho con resultados muy malos. Creo que lo mejor es escribir sin depender de dos mitos clásicos: la inspiración y el bloqueo. Escribir es trabajo duro, sin pensar, y de forma artesanal.

 

¿Qué proyecto tienes a corto plazo como escritor?
Tengo varios textos que siguen esperando ver la luz: por lo menos otros dos libros de cuentos y algunos manuales. Sigo pensando cómo hacerlos llegar al público —ya sea por medio de la edición tradicional o de la edición digital—.
De los otros libros que tengo, hay otro de cuentos de terror y uno más de ciencia ficción donde el eje conductor es el lenguaje  —como lo hace Ted Chiang—. En cuanto a los manuales, tengo uno sobre creación de lenguas artificiales, otro de matemáticas y uno más de escritura digital. No los he enviado a ninguna editorial, más por miedo que por otra cosa. Espero que pronto tengan más noticias de mí y de mi creación.