Portada de Inventario de las cosas perdidas de Yaroslabi Bañuelos, Ediciones Punto de Partida, DLFL, UNAM, 2020Yaroslabi Bañuelos
Inventario de las cosas perdidas
[Selección de 4 poemas]


Celebramos a la ganadora del Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2021, Yaroslabi Bañuelos, cuyo poemario es el volumen número 22 de la colección Ediciones de Punto de Partia de esta dirección.

Invitamos a la comunidad lectora a conocer el trabajo de la poeta con esta muestra de 4 de los poemas incluídos en Inventario de las cosas perdidas.

Conozca más de la autora en entrevista.


Inventario de las cosas perdidas
[Selección de 4 poemas]


Yaroslabi Bañuelos
Ediciones Punto de Partida No. 22, poesía
Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura,
Coordinación de Difusión Cultural, UNAM
México, 2020


Summertime sadness

Desde la mujer que soy, a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido […]

GIOCONDA BELLI


En un universo paralelo mi vida es una canción de Lana
Del Rey,

llevo puesto un vestido de niebla
y una corona de flores ensartada entre las espigas de mi
cabello.

Recorro la Costa Oeste sobre un Mustang en llamas
y mi boca se incendia con la brisa de Malibú,
envuelto en arena y sal me espera un novio de torso
desnudo

que me repite con cada beso
I just wanted you to know/ That, baby, you’re the best.
Soy una neoyorquina que vive en California,
hago explotar los bares de Long Beach con canciones de
Sublime,

las calles de Los Ángeles arden
bajo mis pasos de eterna adolescente y mi cuerpo soleado.
(I got that summertime, summertime sadness
Su-su-summertime, summertime sadness)

En un universo paralelo Lana Del Rey viste talla XL,
alimenta a los gatos callejeros
y desde los quince padece bulimia y psoriasis.
Se gana la vida atendiendo el mostrador
de un local de comida china,
ya no busca al hombre perfecto en un chat de WhatsApp
ni la felicidad dentro de un libro de budismo zen.
Cuando muere el último turno
guarda su sonrisa en la caja registradora y atraviesa la
ciudad

con la luna metida entre los párpados,
aferrada al tubo de un pesero que tose humo negro
mientras sus ojos inventan un poema de vagabundos y ratas.

(Serotonina)




Epitafio

Nunca plantó un árbol en el huerto de la abuela,
tampoco arrancó madreselvas ni deshojó margaritas;
no escribió un libro ni cartas de despedida
o tomó la maleta para explorar playas desiertas

[apenas tuvo el tiempo preciso
para hacer la tarea y estudiar el abecedario]

Su boca inundada de pólvora y miel
jamás dará nombre a unos ojos recién nacidos,
ni bautizará con estallidos de confeti
a un cachorro triste que podría haber salvado
de la pesada lluvia de plomo y amapolas

[seguro después volvería corriendo a casa
con aquel cachorro entre los brazos,
aunque mamá protestara y papá soltara gritos]

Nunca cultivó mariposas entre las pupilas
ni suficientes veranos
para devorar ciruelas maduras o beso

[y perseguir un ave dulce hasta la frontera
donde brota el sol]

No guardó en sus labios los otoños necesarios
para vociferar que el amor es una cloaca

[para reírse del azar y mandar todo a la mierda]

No diluyó las madrugadas en tragos de Jack Daniel’s
ni amontonó blasfemias y cenizas
sobre la mesa muerta del bar de siempre.
Habitó la primavera fugaz que se desmorona
ante el canto de los misiles.
Y el colibrí de marzo acumuló sobre sus alas
la fúnebre acrobacia del helicóptero blindado,
el rugido de la bala que perfora al viento,
los disparos de hielo que le estallaron en la frente.


[Nunca plantó un árbol
pero pintó con pólvora los huecos del olvido].

(Mujeres que no se nombran)




Invocación de pájaros

El ritual es simple: entierro mis ojos en el jardín y escribo
con un ave de espuma en la mano,
el alpiste mojado y la melancolía no alcanzan
para invocar a los más oscuros pájaros de mi sangre.
A veces permanezco muda
como los canarios tristes que criaba mamá
y me repito: es necesario que el verano se disuelva
en el sol blanco del otoño,
que el acordeón del viento renueve sus notas,
que un gorrión alirroto descosa el cielo;
es urgente perfumar de jazmines las palabras deshabitadas
o resucitar a una niña con lirios y promesas.
El ritual es sencillo: me siento bajo un árbol de pequeños
incendios
y aguardo a que los pájaros insomnes
me entreguen las ruinas de un bosque abandonado.

(Otras ausencias)




Ave de paso

Mientras fabrico este poema
con retazos de cartón y periódicos viejos,
una mujer sin rostro entierra su hogar
dentro de un sarcófago de flores.
Empaca en la mochila un suéter desgastado,
álbumes vacíos, zapatos de bebé
y un pedazo de pan rancio.
Sus pies dejan atrás el olor a tierra húmeda,
el vuelo selvático de los pájaros,
los lamentos de un pueblo moribundo.

Mientras tecleo este verso vestido de gris,
una mujer sin nombre persigue
la marcha oxidada de vagones que se alejan,
los cantos metálicos del tren arrullan la noche
y ella salta al abismo
aunque los dientes filosos de la máquina
trituren el recuerdo de sus pasos.

Mientras escribo las palabras: “migrante”,
“río Suchiate” o “muro fronterizo”,
una mujer sin rostro y sin nombre
es engullida por las fauces del desierto,
y en el aire caliente persiste
el grito silencioso o un tumulto de quetzales.

(Otras ausencias)